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EN LA adolescencia sue帽as con destruir todos los muros; en la juventud te das cuenta que detr谩s de ellos no hay nada; y de adulto comienzas a levantar tu propio muro, rechazas a los dem谩s, te amurallas.


SE EST脕N perdiendo los insultos cari帽osos dirigidos a los ni帽os o adolescentes. Mi madre me llamaba insustancial y candajo; mi padre sat茅lite y alicate. ¿Qui茅n llama hoy a los ni帽os as铆?



LO M脕S sorprendente de la escuela es que funciona. Se propone como veh铆culo para socializar, uniformar y adoctrinar a la poblaci贸n y lo consigue; los ni帽os entran a ella como una bandada an谩rquica de gorriones y salen a帽os despu茅s en perfecta fila de a uno.



SIEMPRE LAS he despreciado. A las personas decentes, digo. Siempre he pensado que llegaron ah铆 renunciando, que se asustaron de su complejidad y prescindieron de ella. Porque muchas de esas personas fueron como yo, sin duda, y la prueba son mis recuerdos de la escuela, donde se puede decir que casi todos los ni帽os eran como yo, igual de curiosos, inconformes, insatisfechos, caprichosos, imaginativos… Fue poco a poco que algunos empezaron a abandonar el barco y apostaron por realizarse; fue gota a gota que empezaron a hablar del futuro y de un lugar llamado tierra firme. ¿Todos se fueron del barco? No, unos pocos nos quedamos, pero tampoco nosotros somos los de antes: quien trata de conservar su ni帽o se desfigura.